martes, 13 de mayo de 2014

Miércoles de San José. 14/05/2014. San Matías ¡ruega por nosotros!

JMJ

Pax

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 9-17

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor. Pero sólo permanecerán en mi amor, si ponen en práctica mis mandamientos, lo mismo que yo he puesto en práctica los 
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todo esto para que participen en mi alegría, y su alegría sea completa.
Mi mandamiento es éste: Amense unos a otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.
En adelante, ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre.
No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero. Así, el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Lo que yo les mando es esto: que se amen unos a otros".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Suplicamos su oración: Esto es gratis pero cuesta. No sería posible sin sus oraciones: al menos un Avemaría de corazón por cada email que lea. Dios te salve María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo; bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús; Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. ¡Recuérdenos en sus intenciones y misas!

Aclaración: una relación muere sin comunicación y comunidad-comunión. Con Dios es igual: las "palabras de vida eterna" (Jn 6,68; Hc 7,37) son fuente de vida espiritual (Jn 6, 63), pero no basta charlar por teléfono (oración), es necesario visitarse, y la Misa permite ver a Jesús, que está tan presente en la Eucaristía, que Hostias han sangrado: www.therealpresence.org/eucharst/mir/span_mir.htm

Por leer la Palabra, no se debe dejar de ir a Misa, donde ofrecemos TODO (Dios) a Dios: al actualizarse el sacrificio de la Cruz, a) co-reparamos el daño que hacen nuestros pecados al Cuerpo de Cristo que incluye los Corazones de Jesús y de María, a Su Iglesia y nosotros mismos, b) adoramos, c) agradecemos y d) pedimos y obtenemos Gracias por nuestras necesidades y para la salvación del mundo entero… ¿Que pasa en CADA Misa? 5 minutos: http://www.youtube.com/watch?v=v82JVdXAUUs

Lo que no ven tus ojos (2 minutos): http://www.gloria.tv/?media=200354

Película completa (1 hora): http://www.gloria.tv/?media=417295

Explicación: http://www.youtube.com/watch?v=eFObozxcTUg#!

Si Jesús se apareciera, ¿no correríamos a verlo, tocarlo, adorarlo? Jesús está aquí y lo ignoramos. Jesús nos espera (Mc 14,22-24) en la Eucaristía: "si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros" (Jn 6,53; 1 Jn 5,12). Si comulgamos en estado de Gracia y con amor, nos hacemos uno (común-unión) con el Amor y renovamos la Nueva Alianza de Amor. Si faltamos a las bodas del Cordero (Ap.19,7-10) con su Iglesia (nosotros), sabiendo que rechazamos el Amor de Dios, que está derramando toda su Sangre por nuestros pecados personales, nos auto-condenamos a estar eternamente sin Amor: si una novia falta a su boda, es ella la que se aparta del amor del Novio para siempre, sabiendo que Él da la Vida por ella en el altar. Idolatramos aquello que preferimos a Él (descanso, comida, trabajo, compañía, flojera). Por eso, es pecado mortal faltar sin causa grave a la Misa dominical y fiestas (Catecismo 2181; Mt 16, 18-19; Ex 20,8-10; Tb 1,6; Hch 20,7; 2 Ts 2,15). "Te amo, pero quiero verte todos los días, y menos los de descanso". ¿Qué pensaríamos si un cónyuge le dice eso a otro? ¿Le ama realmente? Estamos en el mundo para ser felices para siempre, santos. Para lograr la santidad, la perfección del amor, es necesaria la Misa y comunión, si es posible, diaria, como pide la Cátedra de Pedro, el representante de Cristo en la tierra (Canon 904). Antes de comulgar debemos confesar todos los pecados mortales: "quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11,29; Rm 14,23). ¿Otros pecados mortales? no confesarse con el Sacerdote al menos una vez al año (CDC 989), no comulgar al menos en tiempo pascual (920), abortar (todos los métodos anticonceptivos no barrera son abortivos), promover el aborto (derecho a decidir, derechos (i)reproductivos, fecundación artificial), planificación natural sin causa grave, deseo o actividad sexual fuera del matrimonio por iglesia, demorar en bautizar a los niños, privar de Misa a niños en uso de razón, borrachera, drogas, comer a reventar, envidia, calumnia, odio o deseo de venganza, ver pornografía, robo importante, chiste o burla de lo sagrado, etc. Si no ponemos los medios para confesamos lo antes posible y nos sorprende la muerte sin arrepentirnos, nos auto-condenamos al infierno eterno (Catecismo 1033-41; Mt. 5,22; 10, 28; 13,41-50; 25, 31-46; Mc 9,43-48, etc.). Estos son pecados mortales objetivamente, pero subjetivamente, pueden ser menos graves, si hay atenuantes como la ignorancia. Pero ahora que lo sabes, ya no hay excusa.

 

Misal

 

San Matías, Apóstol 14 mayo

Antífona de Entrada

No son ustedes los que me han elegido, dice el Señor; soy yo quien los he elegido para que vayan y den fruto, y ese fruto dure. Aleluya.

 

Se dice "Gloria".

Oración Colecta

Oremos:
Señor Dios, tú que Ilamaste a san Matías a formar parte del grupo de tus apóstoles; concédenos, por sus méritos, corresponder al don de tu amor para que podamos Ilegar a compartir la gloria de tus elegidos. 
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.

 

Primera Lectura

Echaron suertes, le tocó a Matías y lo asociaron a los once apóstoles

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 15-17.20-26

En aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos, que eran unos ciento veinte, y dijo:
"Hermanos, tenía que cumplirse la Escritura que el Espíritu Santo había anunciado por boca de David acerca de Judas, el que guió a los que apresaron a Jesús. Era uno de los nuestros y participaba de este ministerio. Así está escrito en el libro de los Salmos:
Que su morada quede desierta, y no haya quien la habite. 
Y también:
Que otro ocupe su cargo.
Es necesario, por lo tanto, que uno de los que nos acompañaron durante todo el tiempo que el Señor Jesús estuvo con nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado a los cielos, entre a formar parte de nuestro grupo, para que sea, junto con nosotros, testigo de su resurrección".
Presentaron a dos: a José, apellidado Barsabás, por sobrenombre Justo, y a Matías. Y oraron así:
"Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, señala a cuál de estos dos has elegido para ocupar, en este ministerio apostólico, el puesto del que se apartó Judas para irse al lugar que le correspondía".
Echaron suertes, y la elección cayó sobre Matías, el cual entró a formar parte del grupo de los once apóstoles.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Sal 112, 1-2.3-4.5-6.7-8

Bendito sea el nombre del Señor.

Alaben, siervos del Señor, alaben el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, desde ahora y para siempre.
Bendito sea el nombre del Señor.

Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea alabado el nombre del Señor. El Señor está por encima de todas las naciones, su gloria está sobre los cielos.
Bendito sea el nombre del Señor.

¿Quién como el Señor, nuestro Dios, que reina en las alturas y sin embargo se inclina para mirar cielos y tierra?
Bendito sea el nombre del Señor.

El levanta del polvo al desamparado y alza de la miseria al necesitado, para sentarlo con los príncipes de su pueblo.
Bendito sea el nombre del Señor.

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.
Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto y su fruto permanezca.
Aleluya.

Evangelio

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los ha elegido

† Lectura del santo Evangelio según san Juan 15, 9-17

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
"Como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Permanezcan en mi amor. Pero sólo permanecerán en mi amor, si ponen en práctica mis mandamientos, lo mismo que yo he puesto en práctica los 
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho todo esto para que participen en mi alegría, y su alegría sea completa.
Mi mandamiento es éste: Amense unos a otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando.
En adelante, ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre.
No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero. Así, el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Lo que yo les mando es esto: que se amen unos a otros".
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Oración sobre las Ofrendas

Acepta, Señor, los dones que tu Iglesia te presenta en la festividad de san Matías, apóstol, y por medio de esta Eucaristía fortalécenos con tu amor y tu gracia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

 

Prefacio

Los apóstoles, pastores del pueblo de Dios

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso, Pastor eterno. 
Porque no abandonas a tu rebaño, sino que lo cuidas continuamente por medio de los santos apóstoles, para que sea gobernado por aquellos mismos pastores que le diste como vicarios de tu Hijo. 
Por eso, 
con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria:

Antífona de la Comunión

Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado, dice el Señor. Aleluya.

 

Oración después de la Comunión

Oremos:
Te rogamos, Señor, por intercesión de san Matías, apóstol, que no nos prives nunca de este pan de vida para que podamos prepararnos, con tu gracia, a recibir la herencia reservada a tus hijos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén

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Meditación diaria

14 de mayo

SAN MATÍAS, APÓSTOL*

Fiesta

— Dios es el que elige.

— Nunca faltan las gracias para llevar a cabo la propia vocación.

— La felicidad y el sentido de la vida están en seguir la llamada que Dios hace a cada hombre, a cada mujer.

I. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy Yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca1.

Después de la traición de Judas había quedado un puesto vacante entre los Doce. Con la elección del nuevo Apóstol se había de cumplir lo que el mismo Espíritu Santo había profetizado y lo que Jesús expresamente había instituido. El Señor quiso que fueran doce sus Apóstoles2. El nuevo Pueblo de Dios debía estar asentado sobre doce columnas, como el antiguo lo había estado sobre las doce tribus de Israel3. San Pedro, ejerciendo su potestad primada ante aquellos ciento veinte discípulos reunidos, declara las condiciones que ha de tener el que complete el Colegio Apostólico, según había aprendido del Maestro: el discípulo ha de conocer a Jesús y ser testigo suyo. Por eso, Pedro señala en su discurso: Es necesario que de los hombres que nos han acompañado todo el tiempo en que el Señor Jesús vivió entre nosotros, empezando desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado de entre nosotros, uno de ellos sea constituido con nosotros testigo de su resurrección4. El Apóstol pone de relieve la necesidad de que el nuevo elegido sea testigo ocular de la predicación y de los hechos de Jesús a lo largo de su vida pública, y de modo especial de la Resurrección. Treinta años más tarde, asegura en las últimas palabras que dirigió a todos los cristianos: No os hemos dado a conocer el poder de Jesús y su venida siguiendo fábulas ingeniosas, sino como testigos oculares de su grandeza5.

Pedro no elige, sino que deja la suerte a Dios, según se hacía a veces en el Antiguo Testamento6. Se echan suertes, pero es Dios quien da la decisión, se lee en el Libro de los Proverbios7. Presentaron a dos, a José, llamado Barsabas, por sobrenombre Justo, y a Matías, forma abreviada de Matatías, que significa regalo de Dios. Echaron suertes, y la suerte recayó sobre Matías, que fue agregado al número de los Once Apóstoles. Un historiador antiguo recoge una tradición que afirma que este discípulo pertenecía al grupo de los setenta y dos que, enviados por Jesús, fueron a predicar por las ciudades de Israel8.

Antes de la elección, Pedro y toda la comunidad ruegan a Dios, porque la elección no la hacen ellos, la vocación es siempre elección divina. Por eso dice: Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muestra a cuál de estos has elegido. Los Once y los demás discípulos no se atreven por sí mismos, por sus propias consideraciones o simpatías, a tomar la responsabilidad de señalar un sucesor a Judas. San Pablo, cuando se siente movido a declarar el origen de su misión, indica que ha sido constituido no por los hombres ni por la autoridad de un hombre, sino solo por Jesucristo, y por Dios, su Padre9. Es el Señor el que elige y envía. También ahora.

Cada uno de nosotros tiene una vocación divina, una llamada a la santidad y al apostolado, recibida en el Bautismo y especificada después en las sucesivas intervenciones de Dios en la propia historia personal. Y hay momentos en que esta llamada a seguir de cerca a Jesús se hace particularmente intensa y clara. «Yo tampoco pensaba que Dios me cogiera como lo hizo. Pero el Señor (...) no nos pide permiso para "complicarnos la vida". Se mete y... ¡ya está!»10. Y luego toca a cada uno corresponder. Hoy podemos preguntarnos en nuestra oración: ¿soy fiel a lo que el Señor quiere de mí?, ¿busco hacer la voluntad de Dios en todos mis proyectos?, ¿estoy dispuesto a corresponder a lo que el Señor a lo largo de la vida me va pidiendo?

II. ... et cecidit sors super Matthiam..., y recayó la suerte sobre Matías... La llamada de Matías nos recuerda que la vocación recibida es un don siempre inmerecido. Dios nos destina a asemejarnos cada vez más a Cristo, a participar de la vida divina, nos asigna una misión en la vida y nos quiere junto a Él, en una vida eterna felicísima. Cada uno tiene una llamada de Dios para estar cerca de Cristo y para extender su reinado en el propio ámbito y según sus circunstancias.

Además de esta llamada universal a la santidad, Jesús hace especiales llamamientos. Y llama a muchos: a algunos para que den un testimonio particular alejándose del mundo, o para prestar un servicio particular en el sacerdocio; a la inmensa mayoría, el Señor los llama para que, estando en el mundo, lo vivifiquen desde dentro en el matrimonio, que es «camino de santidad»11, o en el celibato, en el que se entrega el corazón entero por amor a Dios y a las almas.

La vocación no nace de buenos deseos o de grandes aspiraciones. Los Apóstoles, y ahora Matías, no eligieron ellos al Señor como Maestro, según la costumbre judía de seleccionar al rabino del que uno debía aprender. Fue Cristo quien los entresacó a ellos; a unos directamente, a Matías a través de esta elección que la Iglesia deja en las manos de Dios. No sois vosotros los que me habéis elegido -les recordará Jesús en la Última Cena, y hoy leemos en el Evangelio de la Misa-, sino Yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca12. ¿Por qué llegaron estos hombres a gozar de este inmenso don? ¿Por qué ellos precisamente y no otros? No cabe preguntarse por qué razón fueron elegidos. Simplemente, los llamó el Señor. Y en esa libérrima elección de Cristo –llamó a los que quiso13– estriba todo su honor y la esencia de su vida.

Desde el primer momento en que Jesús se fija en un alma y la invita a seguirle, se suceden luego otras muchas llamadas, que quizá parecen pequeñas, pero que señalan el camino; «a lo largo de la vida, de ordinario poco a poco pero constantemente, Dios nos propone –con invitación exigente– muchas "determinaciones" de esa llamada radical, que implican siempre la relación de persona a persona con Cristo. Dios nos pide desde el principio la decisión de seguirle, pero nos oculta, con sabia pedagogía, la totalidad de las posteriores determinaciones de aquella decisión, tal vez porque no seríamos capaces de aceptarlas in actu»14, en aquel momento. El Señor da luces y gracias particulares en esos impulsos en los que el Espíritu Santo parece tirar del alma hacia arriba, en deseos de ser mejores, de servir más a los hombres, y de modo particular a los que cada día conviven con nosotros. Nunca faltan sus gracias.

Matías, según nos señala la tradición, murió mártir, como los demás Apóstoles. La esencia de su vida estuvo en llevar a cabo el dulce y a veces doloroso encargo que aquel día puso el Espíritu Santo sobre sus hombros. También en la fidelidad a la propia vocación está nuestra mayor felicidad y el sentido de la propia vida, que el Señor va desvelando a su tiempo.

III. Jesús elige a los suyos, les llama. Este llamamiento es su mayor honor, lo que les da derecho a una particular unión con el Maestro, a especiales gracias, a ser escuchados de modo muy particular en la intimidad de la oración. «La vocación de cada uno se funde, hasta cierto punto, con su propio ser: se puede decir que vocación y persona se hacen una misma cosa. Esto significa que en la iniciativa creadora de Dios entra un particular acto de amor para con los llamados, no solo a la salvación, sino al ministerio de la salvación. Por eso, desde la eternidad, desde que comenzamos a existir en los designios del Creador y Él nos quiso criaturas, también nos quiso llamados, predisponiendo en nosotros los dones y las condiciones para la respuesta personal, consciente y oportuna a la llamada de Cristo o de la Iglesia. Dios que nos ama, que es Amor, es también Aquel que llama (cfr. Rom 9, 11)»15.

Pablo comienza sus cartas así: Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado al apostolado, elegido para predicar el Evangelio de Dios16. Llamado y elegido no por los hombres ni por la autoridad de un hombre, sino solo por Jesucristo, y por Dios, su Padre17. El Señor nos llama como llamó a Moisés18, a Samuel19, a Isaías20. Vocación que no se fundamenta en ningún mérito personal: Yahvé me llamó desde antes de mi nacimiento21. Y San Pablo lo dirá aún más categóricamente: Nos llamó con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su designio22.

Jesús llamó a sus discípulos para que compartieran con Él su cáliz, es decir, su vida y su misión. Ahora nos invita a nosotros: hemos de estar atentos para no oscurecer esa voz con el ruido de las cosas, que, si no son en Él y por Él, no tienen el menor interés. Cuando se oye la voz de Cristo que invita a seguirle del todo, nada importa frente a la realidad de seguirle. Y Él, a lo largo de la vida, nos va desvelando la riqueza inmensa contenida en la primera llamada, la de aquel día que pasó más cerca de nosotros.

Apenas elegido, Matías se hunde de nuevo en el silencio. Con los demás Apóstoles experimentó el ardiente gozo de Pentecostés. Caminó, predicó y curó a enfermos, pero su nombre no vuelve a aparecer en la Sagrada Escritura. Como los demás Apóstoles, dejó una estela de fe imborrable que dura hasta nuestros días. Fue una luz encendida que Dios contempló con inmenso gozo desde el Cielo.

1 Antífona de entrada, Jn 15, 16. — 2 Cfr. Mt 19, 28. — 3 Cfr. Ef 2, 20. — 4 Hch 1. 21-22. — 5 2 Pdr 1. 16. — 6 Cfr. Lev 16, 8-9; Num 26, 55. — 7 Prov 16, 33. — 8 Cfr.Eusebio, Historia Ecclesiástica, 1, 12. — 9 Gal 1, 1. — 10 San Josemaría Escrivá,Forja, n. 902. — 11 Cfr. Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Rialp, 14ª ed., Madrid 1985, n. 92. — 12 Jn 15, 16. — 13 Mc 3, 13. — 14 P. Rodríguez,Vocación, trabajo, contemplación, EUNSA, Pamplona 1986, p. 28. — 15 Juan Pablo II, Alocución en Porto Alegre, 5-VII-1980. — 16 Rom 1. 1; 1 Cor 1, 1. — 17 Gal 1, 1. — 18 Ex 3, 4: 19, 20; 24, 16. — 19 1 Sam 3. 4. — 20 1, 49, 1. — 21 Is 48, 8. — 22 2 Tim 1, 9.

* Después de la Ascensión, mientras esperaban la venida del Espíritu Santo, los Apóstoles eligieron a Matías para que ocupara el puesto de Judas y quedara completo el número de los Doce, que representaban a las doce tribus de Israel. Matías había sido discípulo del Señor y testigo de la Resurrección. Según la tradición, evangelizó Etiopía, donde sufrió martirio. Sus reliquias, por encargo de Santa Elena, fueron llevadas a Tréveris. Es el Patrono de esta ciudad.

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Pascua. 4ª semana. Miércoles

ACCIONES DE GRACIAS

— El agradecimiento a Dios por todos los bienes es una manifestación de fe, de esperanza y de amor. Innumerables motivos para ser agradecidos.

— Ver la bondad de Dios en nuestra vida. La virtud humana de la gratitud.

— La acción de gracias después de la Santa Misa y de la Comunión.

I. Te daré gracias entre las naciones, Señor; contaré tu fama a mis hermanos. Aleluya1, rezamos en la Antífona de entrada de la Misa.

Constantemente nos invita la Sagrada Escritura a dar gracias a Dios: los himnos, los salmos, las palabras de todos los hombres justos están penetradas de alabanza y de agradecimiento a Dios. ¡Bendice, alma mía, a Yahvé y no olvides ninguno de sus favores!2, dice el Salmista. El agradecimiento es una forma extraordinariamente bella de relacionarnos con Dios y con los hombres. Es un modo de oración muy grato al Señor, que anticipa de alguna manera la alabanza que le daremos por siempre en la eternidad, y una manera de hacer más grata la convivencia diaria. Llamamos precisamente Acción de gracias al sacramento de la Sagrada Eucaristía, por el que adelantamos aquella unión en que consistirá la bienaventuranza eterna.

En el Evangelio vemos cómo el Señor se lamenta de la ingratitud de unos leprosos que no saben ser agradecidos: después de haber sido curados ya no se acordaron de quien les había devuelto la salud, y con ella su familia, el trabajo..., la vida. Jesús se quedó esperándolos3. En otra ocasión se duele de la ciudad de Jerusalén, que no percibe la infinita misericordia de Dios al visitarla4, ni el don que le hace el Señor al tratar de acogerla como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas5.

Agradecer es una forma de expresar la fe, pues reconocemos a Dios como fuente de todos los bienes; es una manifestación de esperanza, pues afirmamos que en Él están todos los bienes; y lleva al amor6 y a la humildad, pues nos reconocemos pobres y necesitados. San Pablo exhortaba encarecidamente a los primeros cristianos a que fueran agradecidos: Dad gracias a Dios, porque esto es lo que quiere Dios que hagáis en Jesucristo7, y considera la ingratitud como una de las causas del paganismo8.

"San Pablo –señala San Juan Crisóstomo– da gracias en todas sus cartas por todos los beneficios de la tierra. Démoslas también nosotros por los beneficios propios y por los ajenos, por los pequeños y por los grandes"9. Un día, cuando estemos ya en la presencia de Dios para siempre, comprenderemos con entera claridad que no solo nuestra existencia se la debemos a Él, sino que toda ella estuvo llena de tantos cuidados, gracias y beneficios "que superan en número a las arenas del mar"10. Nos daremos cuenta de que no tuvimos más que motivos de agradecimiento a Dios y a los demás. Solo cuando la fe se apaga se dejan de ver estos bienes y esta grata obligación.

"Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios, en acción de gracias, muchas veces al día. —Porque te da esto y lo otro. —Porque te han despreciado. —Porque no tienes lo que necesitas o porque lo tienes.

"Porque hizo tan hermosa a su Madre, que es también Madre tuya. —Porque creó el sol y la luna y aquel animal y aquella otra planta. —Porque hizo a aquel hombre elocuente y a ti te hizo premioso...

"Dale gracias por todo, porque todo es bueno"11.

II. El Señor nos enseñó a ser agradecidos hasta por los favores más pequeños: Ni un vaso de agua que deis en mi nombre quedará sin su recompensa12. El samaritano que volvió a dar gracias se marchó con un don todavía mayor: la fe y la amistad del Señor: Levántate y vete, tu fe te ha salvado, le dijo Jesús13. Los nueve leprosos desagradecidos se quedaron sin la parte mejor que les había reservado. El Señor espera de nosotros los cristianos que cada día nos acerquemos a Él para decirle muchas veces: "¡Gracias, Señor!".

Como virtud humana, la gratitud constituye un eficaz vínculo entre los hombres y revela con bastante exactitud la calidad interior de la persona. "Es de bien nacidos ser agradecidos", dice la sabiduría popular. Y si falta esta virtud se hace difícil la convivencia humana.

Cuando somos agradecidos con los demás guardamos el recuerdo afectuoso de un beneficio, aunque sea pequeño, con el deseo de pagarlo de alguna manera. En muchas ocasiones solo podremos decir "gracias", o algo parecido. En la alegría que ponemos en ese gesto va nuestro agradecimiento. Y todo el día está lleno de pequeños servicios y dones de quienes están a nuestro lado. Cuesta poco manifestar nuestra gratitud y es mucho el bien que se hace: se crea un mejor ambiente, unas relaciones más cordiales, que facilitan la caridad.

La persona agradecida con Dios lo es también con quienes la rodean. Con más facilidad sabe apreciar esos pequeños favores y agradecerlos. El soberbio, que solo está en sus cosas, es incapaz de agradecer; piensa que todo le es debido.

Si estamos atentos a Dios y a los demás, apreciaremos en nuestro propio hogar que la casa esté limpia y en orden, que alguien haya cerrado las ventanas para que no entre el frío o el calor, que la ropa esté limpia y planchada... Y si alguna vez una de estas cosas no está como esperábamos, sabremos disculpar, porque es incontablemente mayor el número de cosas gratas y favores recibidos.

Y al salir a la calle, el portero merece nuestro agradecimiento por guardar la casa, y la señora de la farmacia que nos ha proporcionado las medicinas, y quienes componen el periódico y han pasado la noche trabajando, y el conductor del autobús... Toda la convivencia humana está llena de pequeños servicios mutuos. ¡Cómo cambiaría esta convivencia si además de pagar y de cobrar lo justo en cada caso, lo agradeciéramos! La gratitud en lo humano es propio de un corazón grande.

III. Las acciones de gracias frecuentes deben informar nuestro comportamiento diario con el Señor, porque estamos rodeados de sus cuidados y favores: "nos inunda la gracia"14. Pero existe un momento muy extraordinario en el que el Señor nos llena de sus dones, y en él debemos ser particularmente agradecidos: la acción de gracias que sigue a la Misa.

Nuestro diálogo con Jesús en esos minutos debe ser particularmente íntimo, sencillo y alegre. No faltarán los actos de adoración, de petición, de humildad, de desagravio y de agradecimiento. "Los santos (...) nos han dicho repetidamente que la acción de gracias sacramental es para nosotros el momento más precioso de la vida espiritual"15.

En esos momentos debemos cerrar la puerta de nuestro corazón para todo aquello que no sea el Señor, por muy importante que pueda ser o parecer. Unas veces nos quedaremos a solas con Él y no serán necesarias las palabras; nos bastará saber que Él está allí, en nuestra alma, y nosotros en Él. Bastará poco para estar hondamente agradecidos, contentos, experimentando la verdadera amistad con el Amigo. Allí cerca están los ángeles, que le adoran en nuestra alma... En ese momento el alma es lo más semejante al Cielo en este mundo. ¿Cómo vamos a estar pensando en otras cosas...?

En otras ocasiones echaremos mano de esas oraciones que recogen los devocionarios, que han alimentado la piedad de generaciones de cristianos durante muchos siglos: Te Deum, Trium puerorum, Adoro te devote, Alma de Cristo..., y otras muchas, que los santos y los buenos cristianos que han amado de verdad a Jesús Sacramentado nos han dejado como alimento de nuestra piedad.

"El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros, nos impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es la Eucaristía. ¿Cómo dirigirnos a Él, cómo hablarle, cómo comportarse?

"No se compone de normas rígidas la vida cristiana (...). Pienso, sin embargo, que en muchas ocasiones el nervio de nuestro diálogo con Cristo, de la acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la consideración de que el Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo"16.

Rey, porque nos ha rescatado del pecado y nos ha trasladado al reino de la luz. Le pedimos que reine en nuestro corazón, en las palabras que pronunciemos en ese día, en el trabajo que le hemos ofrecido, en nuestros pensamientos, en cada una de nuestras acciones.

En la Comunión vemos a Jesús como Médico, y junto a Él encontramos el remedio de todas nuestras enfermedades. Acudimos a la Comunión como se llegaban a Él los ciegos, los sordos, los paralíticos... Y no olvidamos que tenemos en nuestra alma, a nuestra disposición, la Fuente de toda vida. Él es la Vida.

Jesús es el Maestro, y reconocemos que Él tiene palabras de vida eterna..., y en nosotros ¡existe tanta ignorancia! Él enseña sin cesar, pero debemos estar atentos. Si estuviéramos con la imaginación, la memoria, los sentidos dispersos... no le oiríamos.

En la Comunión contemplamos al Amigo, el verdadero Amigo, del que aprendemos lo que es la amistad. A Él le contamos lo que nos pasa, y siempre encontramos una palabra de aliento, de consuelo... Él nos entiende bien. Pensemos que está con la misma presencia real con la que se encuentra en el Cielo, que le rodean los ángeles... En ocasiones pediremos ayuda a nuestro Ángel Custodio: "Dale gracias por mí, tú lo sabes hacer mejor". Ninguna criatura como la Virgen, que llevó en su seno durante nueve meses al Hijo de Dios, podrá enseñarnos a tratarle mejor en la acción de gracias de la Comunión. Acudamos a Ella.

1 Antífona de entrada. Sal 17, 50; 21, 23. — 2 Sal 102, 2. — 3 Cfr. Lc 17, 11 ss. — 4 Cfr. Lc 19, 44. — 5 Cfr. Mt 23, 37. — 6 Cfr. Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 101, a. 3. — 7 1 Tes 5, 18. — 8 Cfr. Rom 1, 18-32. — 9 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 25, 4. — 10 Ibídem. — 11 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 268. — 12 Mt 10, 42. — 13 Lc 17, 19. — 14 Ch. Journet, Charlas acerca de la gracia, Madrid 1979, p. 17. — 15 R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Palabra, 4ª ed., Madrid 1982, vol. I, p. 489. — 16 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 92.

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Santoral               (si GoogleGroups corta el texto, lo encontrará en www.iesvs.org)

 

 



S
an Matías, Apóstol 
(siglo I)

 


Matías significa: "Regalo de Dios".

Este es el apóstol No. 13 (El 14 es San Pablo). Es un apóstol "póstumo" (Se llama póstumo al que aparece después de la muerte de otro). Matías fue elegido "apóstol" por los otros 11, después de la muerte y Ascensión de Jesús, para reemplazar a Judas Iscariote que se ahorcó. La S. Biblia narra de la siguiente manera su elección:

"Después de la Ascensión de Jesús, Pedro dijo a los demás discípulos: Hermanos, en Judas se cumplió lo que de él se había anunciado en la Sagrada Escritura: con el precio de su maldad se compró un campo. Se ahorcó, cayó de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. El campo comprado con sus 30 monedas se llamó Haceldama, que significa: "Campo de sangre". El salmo 69 dice: "su puesto queda sin quién lo ocupe, y su habitación queda sin quién la habite", y el salmo 109 ordena: "Que otro reciba su cargo".

"Conviene entonces que elijamos a uno que reemplace a Judas. Y el elegido debe ser de los que estuvieron con nosotros todo el tiempo en que el Señor convivió con nosotros, desde que fue bautizado por Juan Bautista hasta que resucitó y subió a los cielos".

Los discípulos presentaron dos candidatos: José, hijo de Sabas y Matías. Entonces oraron diciendo: "Señor, tú que conoces los corazones de todos, muéstranos a cual de estos dos eliges como apóstol, en reemplazo de Judas".

Echaron suertes y la suerte cayó en Matías y fue admitido desde ese día en el número de los doce apóstoles (Hechos de los Apóstoles, capítulo 1).

San Matías se puede llamar un "apóstol gris", que no brilló de manera especial, sino que fue como tantos de nosotros, un discípulo del montón, como una hormiga en un hormiguero. Y a muchos nos anima que haya santos así porque esa va a ser nuestra santidad: la santidad de la gentecita común y corriente. Y de estos santos está lleno el cielo: San Chofer de camión y Santa Costurera. San Cargador de bultos y Santa Lavandera de ropa. San Colocador de ladrillos y Santa Vendedora de Almacén, San Empleado y Santa Secretaria, etc. Esto democratiza mucho la santidad, porque ella ya no es para personajes brillantes solamente, sino para nosotros los del montón, con tal de que cumplamos bien cada día nuestros propios deberes y siempre por amor de Dios y con mucho amor a Dios. 

San Clemente y San Jerónimo dicen que San Matías había sido uno de los 72 discípulos que Jesús mandó una vez a misionar, de dos en dos. Una antigua tradición cuenta que murió crucificado. Lo pintan con una cruz de madera en su mano y los carpinteros le tienen especial devoción.

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Fuente: Vatican.va
Teodora Guérin, Santa Virgen, Mayo 14  

Teodora Guérin, Santa

"¡Qué fortaleza adquiere el alma en la plegaria! En medio de la tormenta, ¡qué dulce es la calma que la plegaria halla en el corazón de Jesús! Pero... ¿qué consuelo queda para aquéllos que no rezan? ". Estas palabras, escritas por la Madre Teodora Guerin tras sobrevivir una violenta tormenta en alta mar, quizás sean las que mejor ejemplifiquen su vida y su ministerio. Por cierto, la Madre Teodora obtuvo fuerzas en la oración, en su diálogo con Dios, con Jesús y con la Sagrada Virgen María. A lo largo de su vida, la Madre Teodora difundió la oración compartiendo su amor a Dios con gentes de todas partes.

La Madre Teodora, Ana Teresa Guérin, nació el 2 de octubre de 1798 en la aldea de Etables, Francia. Su devoción a Dios y a la Iglesia Católica Romana se manifestó siendo aún niña. Se le permitió tomar la primera Comunión con apenas diez años de edad y, en esa ocasión, expresó al párroco su intención de algún día tomar los hábitos de monja.

La pequeña Ana Teresa a menudo buscaba la soledad de las costas rocosas próximas a su hogar, lugar donde dedicaba muchas horas a la meditación, la reflexión y la oración. Fue educada por su madre, Isabel Guerin, que centralizó su enseñanza en la religión y las Escrituras, inspirando así el amor de la niña hacia Dios. Laurencio, padre de Ana Teresa, prestaba servicios en la Armada de Napoleón y a menudo debía permanecer lejos de su hogar por períodos de varios años. Cuando Ana Teresa tenía 15 años de edad, su padre fue asesinado por bandidos mientras retornaba a su hogar para visitar a su familia. La pérdida de su esposo casi abrumó a Isabel y, durante muchos años, la responsabilidad de cuidar de su madre y de su pequeña hermana recayó sobre Ana Teresa, quien además debía atender el hogar y la huerta de la familia.

A lo largo de esos años de penurias y sacrificios —en realidad, durante toda su vida—, la fe en Dios de la Madre Teodora nunca vaciló, jamás titubeó. En lo más profundo de su alma, sabía que Dios estaba con ella, que siempre estaría con ella, como una compañía constante.

Ana Teresa tenía casi 25 años de edad cuando ingresó a las Hermanas de la Providencia de Ruillé-sur-Loire, una joven comunidad de religiosas que servían a Dios brindando oportunidades para la educación de los niños y cuidando a pobres, enfermos y moribundos.

Mientras enseñaba y cuidaba enfermos en Francia, la Madre Teodora, conocida en aquel entonces como Hermana Santa Teodora, fue requerida para encabezar un pequeño grupo misionero de Hermanas de la Providencia en los Estados Unidos. El propósito consistía en establecer un convento, fundar escuelas y compartir el amor a Dios con los pioneros de la Diócesis de Vincennes, en el Estado de Indiana. Piadosa y propensa a la humildad, la Madre Teodora jamás imaginó que era la persona más apropiada para la misión. Su salud era frágil. Durante su noviciado con las Hermanas de la Providencia, había enfermado gravemente. Las medicinas habían aplacado la enfermedad, pero también habían dañado gravemente su sistema digestivo, al punto que durante el resto de su vida sólo pudo consumir alimentos y líquidos suaves y blandos. Su mala condición física se sumaba a sus dudas sobre si aceptar o rechazar la misión. Sin embargo, tras muchas horas de oración y prolongadas consultas con sus superioras, aceptó la misión, temiendo que si no lo hacía, ninguna otra religiosa se atrevería a aventurarse a una región tan agreste para difundir el amor a Dios.

Equipada con poco más que su resuelto deseo de servir a Dios, la Madre Teodora y otras cinco Hermanas de la Providencia arribaron a la sede de su misión en Saint Mary-of-the-Woods, Indiana, la tarde del 22 de octubre de 1840. Inmediatamente apresuraron el paso a lo largo de la angosta y fangosa senda que conducía hacia la pequeña cabaña de troncos que hacía las veces de capilla. Allí, las hermanas se postraron en oración frente al Sagrado Sacramento, para agradecer a Dios el haber culminado su viaje sanas y salvas, y rogarle la bendición de la nueva misión.

Allí, en esa tierra montañosa cortada por barrancos y densamente arbolada, la Madre Teodora establecería un convento, una escuela y un legado de amor, misericordia y justicia que perdura hasta el presente.

A través de años de padecimiento y años de paz, la Madre Teodora confió en la Providencia de Dios y en su propia franqueza y su fe para obtener consejo y guía, urgiendo a las Hermanas de la Providencia a "entregarse por entero a las manos de la Providencia ". En sus cartas a Francia, decía: "Pero nuestra esperanza reside en la Providencia de Dios, que nos ha protegido hasta el presente y que, de una u otra manera, proveerá para nuestras necesidades futuras".

En el otoño de 1840, la misión de Saint Mary-of-the-Woods consistía apenas en una capilla —una diminuta cabaña de troncos que también oficiaba de alojamiento para un sacerdote— y una granja de pequeña estructura donde residían la Madre Teodora, las hermanas francesas y varias postulantes. Al llegar el primer invierno, soplaron fuertes vientos del norte que sacudieron la pequeña granja. Las hermanas a menudo sentían frío y frecuentemente padecían hambre. Pronto convirtieron la galería en una capilla y, en ese humilde convento, hallaron sosiego en la presencia del Sagrado Sacramento. La Madre Teodora solía decir: "Con Jesús, ¿qué podemos temer"?

Durante sus primeros años en Saint Mary-of-the-Woods, la Madre Teodora debió soportar numerosas peripecias: el prejuicio hacia los católicos, especialmente hacia las religiosas; traiciones; malentendidos; la ruptura de las Congregaciones de Indiana y de Ruillé; un devastador incendio que destruyó una cosecha completa, dejando a las hermanas desprovistas y hambrientas; frecuentes enfermedades mortales. Empero, la hermana perseveró, manifestando que " en todas las cosas y en todo lugar se debe cumplir el deseo de Dios ". En cartas a sus amistades, la Madre Teodora reconocía sus tribulaciones: "Si alguna vez esta pobre y pequeña comunidad logra asentarse definitivamente, lo hará sobre la Cruz; eso me infunde confianza y me brinda esperanza, aún frente al desamparo".

Menos de un año después de su llegada a Saint Mary-of-t he- Woods, la Madre Teodora fundó la primera Academia de la Congregación y, en 1842, estableció escuelas en Jasper, Indiana y St. Francisville, Illinois. Al momento de su muerte, el 14 de mayo de 1856, la Madre Teodora ya había abierto escuelas en varias ciudades de toda Indiana y la Congregación de las Hermanas de la Providencia era un institución sólida, viable y respetada. La Madre Teodora siempre atribuyó el crecimiento y el éxito de las Hermanas de la Providencia a Dios y a María, la Madre de Jesús, a quienes dedicó el ministerio de Saint Mary-of-the-Woods.

La beatitud de la Madre Teodora fue evidente para quienes la conocieron, la cual muchos describieron simplemente como " santidad ". Tenía la rara habilidad de hacer florecer las mejores virtudes en las personas, para permitirles ir más allá de lo que aparentemente era posible. El amor de la Madre Teodora fue una de sus grandes virtudes. Amaba a Dios, al pueblo de Dios, a las Hermanas de la Providencia, a la Iglesia Católica Romana y a las personas a quienes servía. Jamás excluyó a ninguna persona de sus ministerios y oraciones, pues dedicó su vida a ayudar a todos a conocer a Dios y a vivir una vida mejor.

La Madre Teodora sabía que, por sí sola, nada podía hacer, pero confiaba en que con Dios, todo era posible. Aceptó en su vida numerosos contratiempos, problemas y ocasiones en las que fue tratada injustamente. En medio de la adversidad, la Madre Teodora fue siempre una verdadera mujer de Dios.

La Madre Teodora falleció dieciséis años después de su llegada a Saint Mary-of-the-Woods, (el 14 de mayo de 1856). Durante esos años fugaces, acarició una innumerable cantidad de vidas —y aún hoy continúa haciéndolo. El legado que entrega a las generaciones que la suceden, es su vida: un modelo de beatitud, virtud, amor y fe.

Fue canonizada el 15 de Octubre de 2006 por S.S. Benedicto XVI.

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Fuente: ACI Prensa
María Dominica Mazzarello, Santa Fundadora, Mayo 14  

María Dominica Mazzarello, Santa

Fundadora de la Comunidad de Hermanas Salesianas

Nació el 9 de mayo de 1837 en Mornese, Italia.

Siendo una sencilla campesina, pobre e ignorante, llegó a ser la Fundadora de la que es hoy la segunda Comunidad religiosa femenina en el mundo (en cuanto a número de sus religiosas), la Comunidad de hermanas Salesianas.

Fundó en su pueblo un "Oratorio" o escuela de catecismo para la niñez femenina. Ella y sus amigas les enseñaban costura y otras artes caseras, mientras iban consiguiendo que las jovencitas aprendieran muy bien la religión, observaran excelente comportamiento en casa, fueran a misa y recibieran los sacramentos.

Paralelamente, San Juan Bosco utilizaba en Turín una metodología similar, pero aplicada a los varones. El Padre Pestarino observó que en María Mazzarello y sus amigas había gran caridad para con los necesitados y un enorme amor a Dios, además de fuertes deseos de conseguir la santidad.

Entonces las reunió en una Asociación Juvenil que se llamó "De María Inmaculada". El mismo las confesaba, les daba instrucción religiosa. En el transcurso de un viaje, el Padre Pestarino se encontró con San Juan Bosco, quien en ese momento se encontaba meditando acerca de la posibilidad de ampliar sus enseñanzas también a las niñas pobres.

Pestarino, le contó la obra que realizaba junto con Santa María y lo invitó a conocerla personalmente. Así, el 7 de octubre de 1864, San Juan Bosco fue por primera vez a Mornese.

Don Bosco constató que aquellas muchachas que dirigía el Padre Pestarino eran excelentes candidatas para ser religiosas, y con ellas fundó la Comunidad de Hijas de María Auxiliadora, o salesianas, que hoy en día son más de 16,000 en 75 países.

El Papa Pío Nono aprobó la nueva congregación, el 5 de agosto de 1872. María Mazzarello fue superiora general hasta el día de su muerte, el 14 de mayo de 1881.

Sus tres grandes amores fueron la Eucaristía, María Auxiliadora y la juventud pobre, a la que educó y salvó.

Fue canonizada eL 24 de junio de 1951 por el Papa Pío XII.

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Fuente: Clairval.com
Miguel Garicoits, Santo Fundador, Mayo 14  

Miguel Garicoits, Santo

Fundador de los
Padres auxiliares del Sagrado Corazón de Jesús

La educación ejerce habitualmente una influencia decisiva en la orientación de la vida de las personas, como lo demuestra la historia de un santo del País Vasco francés. "Desde su más tierna infancia, san Miguel Garicoits supo escuchar la llamada del Señor por el sacerdocio. La maduración de su vocación y la disponibilidad de que dio prueba tuvieron mucho que ver con el cuidado que le prodigaron sus padres, con su amor por la educación moral y religiosa que recibió y, especialmente, con las esmeradas atenciones de su madre. Así pues, su familia ocupó un lugar muy importante en su comportamiento espiritual... Gracias a ella, el joven Miguel aprendió a dirigir su mirada hacia el Señor y a ser fiel a Jesucristo y a su Iglesia. En nuestra época, en que los valores conyugales y familiares son puestos a menudo en entredicho, la familia Garicoits es un ejemplo para las parejas y para los educadores, que tienen la responsabilidad de transmitir el significado de la vida y de poner de manifiesto la grandeza del amor humano, así como de crear el deseo de encontrar y de seguir a Jesucristo" (Juan Pablo II, 5 de julio de 1997).

¿Malvado o santo?

Miguel, primogénito de los seis hijos de Arnaldo Garicoits y Graciana Echeverry, nace en Ibarra, un pueblecito de la diócesis de Bayona, el 15 de abril de 1797. La fe de esa familia pobre se ve fortalecida por las tribulaciones de la Revolución, ya que muchos sacerdotes acosados por los revolucionarios se han refugiado en el hogar de los Garicoits, antes de ser trasladados en secreto por Arnaldo a España. Miguel no fue santo de nacimiento, pues el pecado original nos alcanza a todos. Más adelante confesará: "Si no hubiera sido por mi madre, me habría convertido en un malvado". De temperamento impetuoso y con una fuerza física superior a la media, suele comportarse de manera combativa y violenta. Apenas tiene cuatro años cuando entra en la casa de un vecino y arroja una piedra a una mujer de quien sospecha que ha causado daño a su madre, huyendo después a toda prisa. A la edad de cinco años, roba un paquete de agujas a un vendedor ambulante: "Cuando mi madre vio que lo tenia yo, me dio una buena reprimenda" —confesará. Su madre tuvo que intervenir también en otras ocasiones para que devolviera objetos robados, según nos sigue contando: "Apenas tenía siete años cuando le arrebaté una manzana a mi hermano, que era dos años menor que yo; creía de verdad que con ello no hacía ningún daño, pero tras la reflexión "¿Te gustaría que hicieran lo mismo contigo?" me mordí la lengua, y la idea de que no hay que hacer lo que no nos gustaría que nos hicieran me impresionó de tal modo que aquel hecho y sus circunstancias jamás se han borrado de mi memoria".

Para corregir el difícil temperamento de su hijo, Graciana no lo abruma con largos discursos, sino que, de forma muy sencilla, lo va guiando, a partir del mundo visible, hacia el mundo invisible. Ante las llamas que crepitan en el fogón de la cocina, ella le dice: "¿Ves este fuego, Miguel? Pues los niños que cometen pecado mortal van a parar a un fuego mucho peor que éste". El niño se pone a temblar, pero aprende una lección muy útil sobre el más allá, además de adquirir un profundo horror por el pecado. Sin embargo, y más a menudo que el infierno, es el Cielo lo que resalta su madre en sus reflexiones. Un buen día, deseoso de subir al Cielo cuanto antes, Miguel se imagina que conseguirá alcanzarlo fácilmente desde lo alto de la colina donde pace su rebaño. Después de una fatigosa ascensión, se da cuenta de que el cielo sigue estando igual de alto, pero que parece tocar otra cima, más elevada, por lo que se dirige enseguida hacia aquella colina más alejada. Y de ese modo, de colina en colina, llega a perderse, debiendo pasar la noche al raso. Al día siguiente, encuentra el camino, consigue reunir el rebaño y regresa al hogar paterno. Nadie le reprocha aquella escapada infantil, pero él guarda en lo más hondo de su corazón el deseo de alcanzar el Cielo.

En 1806, Miguel ingresa en la escuela del pueblo; gracias a su inteligencia despierta y a su infalible memoria, alcanza enseguida el primer puesto. Pero a partir de 1809, su padre lo coloca como sirviente en una granja, a fin de conseguir algún dinero. Cuando sale con el rebaño, Miguel lleva siempre consigo un libro para instruirse, aprendiendo de ese modo la gramática y el catecismo. Dos años más tarde, su alma se ve invadida por una gran inquietud, pues todavía no ha hecho la primera comunión. Al cabo de unos meses, consigue permiso para recibir a Jesús. En adelante, la sed de la Eucaristía habitará en su alma; siendo ya sacerdote, escribirá: "Es el Dios fuerte: sin Él, mi alma desfallece, tiene sed... Es el Dios vivo: sin Él, muero... Lloro noche y día cuando me siento alejado de mi Dios..." (cf. Sal 41, 4).

Miguel considera la posibilidad de la vocación y, poco a poco, va acariciando la idea de hacerse sacerdote. En 1813, de regreso con sus padres, les confiesa su decisión. Pero topa con su rechazo, puesto que la familia es pobre y no puede pagar los gastos de esos estudios. El joven recurre entonces a su abuela, quien, después de convencer a los padres, recorre a pie los veinte kilómetros que la separan de Saint-Palais para hablar con un sacerdote conocido suyo, consiguiendo de éste que admita a Miguel en su casa para que pueda seguir estudios en el colegio. En el presbiterio, la vida del joven estudiante es dura, pues debe cumplir numerosas tareas domésticas sin por ello descuidar los estudios. Pero, con la obstinación heroica que es propia de su carácter, a fuerza de estudiar sin parar, ya sea mientras camina o mientras come, o incluso sacando tiempo de una parte de sus noches, consigue excelentes resultados. Se hace amigo de un joven piadoso que iba a morir prematuramente, llamado Evaristo. A propósito de ello dirá más tarde: "Dios le otorgaba una sabiduría superior a toda la ciencia de los teólogos, y alcanzaba un admirable grado de recogimiento y de unión íntima con Él, con las maneras más amables y los procedimientos más caritativos para con el prójimo". Después de tres años viviendo en Saint-Palais, Miguel es enviado a Bayona, donde permanecerá al servicio del obispado y seguirá sólidos estudios en la escuela Saint-Léon. Los esfuerzos que realiza para superar su temperamento y dedicarse al prójimo obran en él una notable transformación. Él mismo nos cuenta un rasgo de su conducta: "En el obispado, tenía que soportar a menudo el mal humor de la cocinera, y yo me vengaba limpiando alegremente la ollas y las cazuelas; ella acabó ocupando su tiempo libre en coser mis pañuelos y en lavarme la ropa".

De reacción lenta pero profundo

En 1818, Miguel ingresa en el seminario menor de Aire-sur-l´Adour, y más tarde, el año siguiente, en el seminario mayor de Dax. En un principio sus profesores piensan que es de reacción lenta, pero enseguida se percatan de que procura llegar al fondo de todas las cuestiones y de que responde siempre de manera pertinente. En aquel tiempo, la diócesis de Bayona tenía costumbre de enviar a París, al seminario de Saint-Sulpice, a sus estudiantes más destacados para darles una formación más esmerada. Miguel es designado unánimemente para recibir ese favor, pero, en el último momento, temiendo con razón el obispo perderlo para la diócesis, lo retiene en Dax. En 1821, se le encarga la responsabilidad de profesor en el seminario menor de Larressore, donde, durante el tiempo libre que le permiten las clases, prosigue los estudios de teología. Finalmente, el 20 de diciembre de 1823, es ordenado sacerdote.

A principios del año 1824, Miguel es nombrado vicario en Cambo. El cura de la parroquia, de avanzada edad y paralítico, deja en manos del joven vicario toda la carga del ministerio. Éste dirá sonriendo: "Si me han elegido para este puesto es sin duda porque tengo unos hombros fuertes". El Padre Garicoits consigue ganarse en poco tiempo el corazón de sus feligreses. Sus sermones transparentes y al alcance de todos, animados por el amor de Dios y del prójimo, atraen a la iglesia a más de uno de sus compatriotas que había olvidado el camino. Su reputación se difunde por todo el País Vasco, pasando días enteros en el confesionario, a costa incluso de quedarse sin comer. Se encarga personalmente del catecismo de los niños, convencido de que es misión de todo sacerdote enseñar los fundamentos de la doctrina cristiana, y de que, para mucha gente, un buen catecismo acaba siendo el principal recuerdo cristiano en la hora de la muerte. Su carácter vigoroso le permite entregarse a numerosas penitencias; los días festivos, no obstante, se integra en el alborozo de la población y asiste a las partidas de pelota vasca. Después se retira a la iglesia para rezar durante largo rato ante el Santísimo Sacramento.

A finales de 1825, Miguel Garicoits es nombrado profesor de filosofía en el seminario mayor de Bétharram, de donde llega a ser también ecónomo. El estado del seminario, tanto en el aspecto material como espiritual, es del todo mediocre. Los edificios, adosados a una colina, son muy húmedos. La disciplina, el fervor religioso y el funcionamiento de los estudios dejan mucho que desear, ya que el superior, casi octogenario, carece de la fuerza necesaria para gobernar la casa. Así pues, el Padre Garicoits es destinado a Bétharram para intentar implantar una reforma que ya se ha hecho necesaria y urgente. La tarea no resulta fácil, pero sus cualidades morales son garantía de una audiencia importante entre los seminaristas, permitiéndole realizar poco a poco una saludable reforma. En 1831, el superior del seminario entrega su alma a Dios, por lo que el Padre Garicoits es nombrado en su lugar. Sin embargo, ese mismo año, el obispo toma la decisión de trasladar el seminario a Bayona, donde envía en primer lugar a los estudiantes de filosofía. En poco tiempo, el nuevo superior de Bétharram se encuentra solo en medio de aquellos grandes edificios vacíos, pero la alegría y el humor no lo abandonan...

Hacer el bien y esperar

Los edificios del seminario de Bétharram están adosados a un santuario consagrado a la Santísima Virgen desde el siglo xvi, donde se han producido muchos milagros. Allí acuden para honrar a la Madre de Dios multitud de gentes de toda la comarca, pero también peregrinos de regiones alejadas. El Padre Garicoits aprovecha su disponibilidad para dedicarse a un apostolado abundante y fecundo mediante la confesión y la dirección espiritual. Su disponibilidad se hace extensiva a las religiosas del convento de Igon, que visita varias veces a la semana. El convento se encuentra a cuatro kilómetros de Bétharram y acoge a una comunidad de Hijas de la Cruz, miembros de una congregación dedicada al apostolado en medio popular, fundada recientemente por santa Isabel Bichier des Ages. Los contactos del Padre Garicoits con las hermanas le permiten apreciar las ventajas espirituales de la vida religiosa y su fuerza apostólica. La gran admiración que siente por san Ignacio de Loyola y sus Ejercicios Espirituales le mueven a querer ser jesuita. En 1832, realiza en Toulouse un retiro espiritual con los Padres jesuitas, tras el cual el Padre que lo dirige le asegura: "Dios quiere que sea algo más que jesuita... Siga su primera inspiración, porque considero que procede del Cielo, y llegará a ser el padre de una familia religiosa que será hermana nuestra. Mientras tanto, Dios quiere que permanezca en Bétharram, siguiendo con los ministerios que tiene encomendados. Haga el bien y espere.

Así pues, el Padre Garicoits retoma su trabajo habitual, aunque sin abandonar la idea de formar una comunidad religiosa dedicada sobre todo a la enseñanza, a la educación y a la formación religiosa del pueblo obrero y del campesinado, pero también a toda suerte de misiones. Para conseguir ese objetivo, solicita tres sacerdotes ayudantes. El obispo concede a esa pequeña comunidad los privilegios de los misioneros diocesanos, existentes ya en Hasparren, en el otro extremo de la diócesis. La comunidad va creciendo poco a poco con la incorporación de novicios destinados al sacerdocio y de hermanos coadjutores. En Bétharram, el Padre Garicoits crea una "misión" perpetua para asegurar el servicio del santuario, recibir y confesar a los peregrinos y dirigir retiros espirituales. En el transcurso de esos retiros entrega a los asistentes el libro de los "Ejercicios Espirituales" de san Ignacio. Inspirándose en el "Principio y Fundamento" formulado por san Ignacio, según el cual "El hombre ha sido creado para alabar, honrar y servir a Dios Nuestro Señor, y salvar así su alma", él afirma que "Poseer a Dios eternamente es el bien supremo del hombre, y su mal supremo es la condenación eterna. He ahí dos eternidades. La vida presente es como un camino por el que podemos llegar a una o a otra de esas dos eternidades".

¡Menudo empleo!

San Miguel Garicoits creía, como toda la Iglesia, en la existencia del infierno. Según nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (CEC 1035). En el Evangelio, Jesús nos pone en guardia muy a menudo contra el infierno. En el momento del juicio final, se dirigirá a quienes estén a su izquierda y les dirá: "Apartaos de mí, malvados, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles"... E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna (Mt 25, 41-46). Esas palabras de Verdad no pueden engañarnos; así pues, ese día habrá réprobos, perdidos para siempre a causa de su propio pecado. De ahí que el entusiasmo del Padre Garicoits por la salvación de las almas le inspirara palabras inflamadas de amor, según dice a sus sacerdotes: "Nuestro principio consiste en trabajar por la salvación y la perfección propias, así como por la salvación y la perfección del prójimo. Esforzarnos en ello por entero, por nosotros, es vivir; esforzarnos descuidadamente es languidecer, y no esforzarnos es la muerte. Trabajar para evitar el infierno, para ganar el cielo, para salvar almas que tanto han costado a Nuestro Señor y que el demonio intenta continuamente que se pierdan, ¡menudo empleo! ¿Acaso no nos pide toda nuestra dedicación? ¿Tememos hacer demasiado? ¿Haremos lo suficiente? Nunca podremos hacer tanto como hacen el demonio y el mundo para perderlas".

Sin embargo, el "santo de Bétharram" no olvida ningún detalle de la Verdad revelada. Conoce la inmensidad de la misericordia de Dios para quienes consienten en recibirla. Durante la visita a un condenado a muerte, le asegura de golpe: "Amigo, está usted en buena situación; arrójese en el seno de la misericordia de Dios con entera confianza. Diga "¡Dios mío, ten piedad de mí!" y se salvará". Y en otra ocasión dijo: "Si un buen día, de camino entre Bétharram e Igon, me encontrara en peligro de muerte y me viera cargado de pecados mortales, sin auxilio y sin confesor, me arrojaría en brazos de la misericordia de Dios y me sentiría en muy buena situación".

Ternura por todas partes

Uno de sus religiosos escribe lo siguiente acerca de él: "Estaba tan seguro y convencido de la bondad de Dios como de la miseria del hombre, y para él era menos comprensible el sentimiento de desconfianza hacia Dios que la presencia de orgullo en el corazón del hombre". Miguel Garicoits obtenía su dulzura de la contemplación de Jesús: "¿Qué nos predica Nuestro Señor? Siempre ternura: en la Encarnación, en la Santa Infancia, en la Pasión, en el Sagrado Corazón, en toda su persona interior y exterior, en sus palabras, en sus miradas... ¿Cuál debe ser el principal carácter de nuestra vida espiritual? La ternura cristiana. Sin esa ternura, nunca llegaremos a poseer ese espíritu generoso con el que debemos servir a Dios. La ternura es igualmente necesaria en nuestra vida interior y en nuestras relaciones con Dios como en nuestra vida exterior y en nuestras relaciones con los hombres. Y, ¿cuál es el don del Espíritu Santo cuya finalidad específica es proporcionar esa ternura? El don de la piedad".

Durante el siglo xix, en el mundo católico francés, tomaba consistencia la idea de que para recristianizar Francia, después de la Revolución, era necesario recristianizar la escuela. Convencido de ello, en noviembre de 1837 el Padre Garicoits abre una escuela primaria en Bétharram, no sin la oposición de algunos miembros de su comunidad, que desean reservar las fuerzas disponibles para las misiones. Sin embargo, el éxito es inmediato: pronto se alcanza la cifra de doscientos alumnos. Para nuestro santo, educar es "formar al hombre y prepararlo para que sea capaz de seguir una carrera útil y honorable según su condición, y preparar de ese modo la vida eterna, educando la vida presente... La educación intelectual, moral y religiosa es la mayor obra humana que pueda hacerse, y es la continuación de la obra divina en su aspecto más noble y más elevado, la creación de las almas... La educación imprime belleza, nobleza, urbanidad y grandeza. Es una inspiración de vida, de gracia y de luz". Animado por la maravillosa transformación que constata en los alumnos, el fundador abre o restaura, a lo largo de los años, varias escuelas en la región.

Sensible a los ataques de los enemigos de la religión, y deseoso de defenderla, Miguel Garicoits se esfuerza en iluminar a las almas mediante una seria formación doctrinal; sobre todo, se aplica con asiduidad a la apologética, exposición de las verdades que apuntalan nuestra fe. "La fe en un Dios que se revela se basa en los razonamientos de nuestra inteligencia. Cuando reflexionamos, constatamos que las pruebas de la existencia de Dios no nos faltan. Son pruebas que han sido elaboradas en forma de demostraciones filosóficas según el encadenamiento de una lógica rigurosa. Pero pueden también manifestarse de una forma más sencilla y, como tales, resultan accesibles a toda persona que intente comprender el significado del mundo que le rodea" (Juan Pablo II, 10 de julio de 1985). El "Directorio para el catecismo", publicado por la Congregación del clero en 1997, afirma: "Actualmente resulta indispensable una fe apologética, que favorezca el diálogo entre la fe y la cultura".

En 1838, el Padre Garicoits solicita a su obispo que le permita seguir, junto con sus compañeros, las Constituciones de los jesuitas. Monseñor Lacroix acepta provisionalmente, remitiéndoles posteriormente a los Padres, que en adelante recibirán el nombre de "Padres auxiliares del Sagrado Corazón de Jesús", una nueva Regla que ha elaborado para ellos. Pero el texto resulta muy deficiente; así por ejemplo, los votos no se reconocen con toda su fuerza, el obispo se reserva funciones que deberían corresponder al superior, etc. En su profunda humildad y obediencia, el Padre Garicoits se somete, a pesar de ello, sin la menor reserva. No obstante, algunas disposiciones defectuosas de la nueva Regla causan en la comunidad ciertas disensiones que el fundador deberá sufrir hasta el final de su vida. Este último explica numerosas veces a su obispo la incoherencia de esa situación, pero resulta infructuoso. Un buen día, tras regresar de una entrevista con Mons. Lacroix, confiesa conmocionado: "¡Cuán laborioso resulta el alumbramiento de una congregación!". Habrá que esperar a la muerte del fundador y a los años 1870 para que la nueva Congregación consiga establecerse según las perspectivas del Padre Garicoits.

"¡Adelante! ¡Hasta el Cielo!"

Con motivo de sus viajes a Bayona para hablar con el obispo, el Padre Garicoits se dirige a veces a casa de sus padres. Llega al anochecer, cena y pasa casi toda la noche charlando con su padre, demostrándole la mayor de las ternuras y llegando incluso a fumar usando una de las pipas del anciano. Después recobra su desbordante actividad, repartiendo su tiempo entre su Congregación, las hermanas de Igon, las escuelas, las misiones y la dirección de las almas. Hacia 1853, aquella salud tan robusta empieza a desfallecer, y un ataque de parálisis lo detiene momentáneamente. En 1859, sufre un nuevo ataque, pero se recupera milagrosamente y tranquiliza de este modo a los suyos: "Estad tranquilos, seguiremos mientras lo quiera el Señor". Durante la cuaresma de 1863, una crisis especialmente grave hace presagiar su próximo final. Sin perder su entusiasmo, exclama ante las hermanas de Igon: "¡Vamos! ¡Adelante! ¡Hasta el Cielo! ¡Hay que ir al paraíso!". El 14 de mayo de ese mismo año, festividad de la Ascensión, se apaga murmurado: "Ten piedad de mí, Señor, en tu inmensa misericordia".

"¡Padre, aquí estoy!" Ése es el grito que desbordaba del corazón de san Miguel Garicoits: "Dios es Padre – decía –, hay que entregarse por completo a su amor, hay que contestarle: "¡Aquí estoy!", y Él levantará al momento a su hijo de la cuna de la miseria y le prodigará todos sus abrazos". Ésa es la gracia que pedimos a san José y a san Miguel Garicoits para usted y para todos sus seres queridos.

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Fuente: op.org.ar
Gil de Santarem, Beato Dominico, Mayo 14  

Gil de Santarem, Beato

Dominico

Gil nace en el pueblo de Vaozela, diócesis de Viseo (Portugal) hacia el 1190, siendo su padre el noble Rodrigo Pelagio Valladares.

Era ya profesor de medicina en París cuando -según se cree- por una intervención de la Virgen María abandonó su vida disoluta y entró: en la Orden de Predicadores hacia el año 1224 junto con el venerable MO fray Humberto de Romans.

Tuvo una gran familiaridad con el beato Jordán de Sajonia siendo ya Maestro de la Orden. De él habla abundantemente fray Gerardo de Frachet en Las Vidas de los frailes (parte IV, c. 3 y 16; parte V, c. 3, n. 7).

Vuelto a su patria se dedicó a la predicación con gran asiduidad, llevando una vida ejemplar con lo que atrajo a muchos, especialmente a los más descarriados, al camino de la salvación. Fue prior provincial de la provincia de España dos veces entre los años 1233-1249. Al momento de su muerte pidió ser revestido de cilicio y puesto sobre el pavimento y así dirigió a los frailes palabras de mucho consuelo.

Murió en el convento de Santarem el 14 de mayo día de la Ascensión, del 1265.

Sus reliquias se encuentran hoy en San Martino do Porto, cerca de Lisboa, en una casa particular. Su culto muy popular y extendido desde el primer momento fue confirmado por Benedicto XIV el 9 de mayo de 1748.

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Fuentes: IESVS.org; EWTN.com; Colección Hablar con Dios de www.FranciscoFCarvajal.org de www.edicionespalabra.es , misalpalm.com, Catholic.net

 

Mensajes anteriores en: http://iesvs-org.blogspot.com/

 

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